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MENSAJE DE SU
SANTIDAD
BENEDICTO XVI
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 ENERO
2009
COMBATIR
LA POBREZA, CONSTRUIR LA PAZ
1. También en este año nuevo que comienza,
deseo hacer llegar a todos mis mejores deseos de
paz, e invitar con este Mensaje a reflexionar
sobre el tema: Combatir la pobreza, construir
la paz. Mi venerado predecesor Juan Pablo II,
en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
de 1993, subrayó ya las repercusiones negativas
que la situación de pobreza de poblaciones
enteras acaba teniendo sobre la paz. En efecto,
la pobreza se encuentra frecuentemente entre los
factores que favorecen o agravan los conflictos,
incluidas la contiendas armadas. Estas últimas
alimentan a su vez trágicas situaciones de
penuria. «Se constata y se hace cada vez más
grave en el mundo –escribió Juan Pablo II– otra
seria amenaza para la paz: muchas personas, es
más, poblaciones enteras viven hoy en
condiciones de extrema pobreza. La desigualdad
entre ricos y pobres se ha hecho más evidente,
incluso en las naciones más desarrolladas
económicamente. Se trata de un problema que se
plantea a la conciencia de la humanidad, puesto
que las condiciones en que se encuentra un gran
número de personas son tales que ofenden su
dignidad innata y comprometen, por consiguiente,
el auténtico y armónico progreso de la comunidad
mundial»[1].
2. En este cuadro, combatir
la pobreza implica considerar atentamente el
fenómeno complejo de la globalización. Esta
consideración es importante ya desde el punto de
vista metodológico, pues invita a tener en
cuenta el fruto de las investigaciones
realizadas por los economistas y sociólogos
sobre tantos aspectos de la pobreza. Pero la
referencia a la globalización debería abarcar
también la dimensión espiritual y moral,
instando a mirar a los pobres desde la
perspectiva de que todos comparten un único
proyecto divino, el de la vocación de construir
una sola familia en la que todos –personas,
pueblos y naciones– se comporten siguiendo los
principios de fraternidad y responsabilidad.
En dicha perspectiva se ha de
tener una visión amplia y articulada de la
pobreza. Si ésta fuese únicamente material, las
ciencias sociales, que nos ayudan a medir los
fenómenos basándose sobre todo en datos de tipo
cuantitativo, serían suficientes para iluminar
sus principales características. Sin embargo,
sabemos que hay pobrezas inmateriales, que no
son consecuencia directa y automática de
carencias materiales. Por ejemplo, en las
sociedades ricas y desarrolladas existen
fenómenos de marginación, pobreza relacional,
moral y espiritual: se trata de personas
desorientadas interiormente, aquejadas por
formas diversas de malestar a pesar de su
bienestar económico. Pienso, por una parte, en
el llamado «subdesarrollo moral»[2]
y, por otra, en las consecuencias negativas del
«superdesarrollo»[3].
Tampoco olvido que, en las sociedades definidas
como «pobres», el crecimiento económico se ve
frecuentemente entorpecido por impedimentos
culturales, que no permiten utilizar
adecuadamente los recursos. De todos modos, es
verdad que cualquier forma de pobreza no asumida
libremente tiene su raíz en la falta de respeto
por la dignidad trascendente de la persona
humana. Cuando no se considera al hombre en su
vocación integral, y no se respetan las
exigencias de una verdadera «ecología humana»[4],
se desencadenan también dinámicas perversas de
pobreza, como se pone claramente de manifiesto
en algunos aspectos en los cuales me detendré
brevemente.
Pobreza e implicaciones
morales
3. La pobreza se pone a
menudo en relación con el crecimiento
demográfico. Consiguientemente, se están
llevando a cabo campañas para reducir la
natalidad en el ámbito internacional, incluso
con métodos que no respetan la dignidad de la
mujer ni el derecho de los cónyuges a elegir
responsablemente el número de hijos
[5]
y, lo que es más grave aún, frecuentemente ni
siquiera respetan el derecho a la vida. El
exterminio de millones de niños no nacidos en
nombre de la lucha contra la pobreza es, en
realidad, la eliminación de los seres humanos
más pobres. A esto se opone el hecho de que, en
1981, aproximadamente el 40% de la población
mundial estaba por debajo del umbral de la
pobreza absoluta, mientras que hoy este
porcentaje se ha reducido sustancialmente a la
mitad y numerosas poblaciones, caracterizadas,
por lo demás, por un notable incremento
demográfico, han salido de la pobreza. El dato
apenas mencionado muestra claramente que habría
recursos para resolver el problema de la
indigencia, incluso con un crecimiento de la
población. Tampoco hay que olvidar que, desde el
final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, la
población de la tierra ha crecido en cuatro mil
millones y, en buena parte, este fenómeno se
produce en países que han aparecido
recientemente en el escenario internacional como
nuevas potencias económicas, y han obtenido un
rápido desarrollo precisamente gracias al
elevado número de sus habitantes. Además, entre
las naciones más avanzadas, las que tienen un
mayor índice de natalidad disfrutan de mejor
potencial para el desarrollo. En otros términos,
la población se está confirmando como una
riqueza y no como un factor de pobreza.
4. Otro aspecto que preocupa
son las enfermedades pandémicas, como por
ejemplo, la malaria, la tuberculosis y el sida
que, en la medida en que afectan a los sectores
productivos de la población, tienen una gran
influencia en el deterioro de las condiciones
generales del país. Los intentos de frenar las
consecuencias de estas enfermedades en la
población no siempre logran resultados
significativos. Además, los países aquejados de
dichas pandemias, a la hora de contrarrestarlas,
sufren los chantajes de quienes condicionan las
ayudas económicas a la puesta en práctica de
políticas contrarias a la vida. Es difícil
combatir sobre todo el sida, causa dramática de
pobreza, si no se afrontan los problemas morales
con los que está relacionada la difusión del
virus. Es preciso, ante todo, emprender campañas
que eduquen especialmente a los jóvenes a una
sexualidad plenamente concorde con la dignidad
de la persona; hay iniciativas en este sentido
que ya han dado resultados significativos,
haciendo disminuir la propagación del virus.
Además, se requiere también que se pongan a
disposición de las naciones pobres las medicinas
y tratamientos necesarios; esto exige fomentar
decididamente la investigación médica y las
innovaciones terapéuticas, y aplicar con
flexibilidad, cuando sea necesario, las reglas
internacionales sobre la propiedad intelectual,
con el fin de garantizar a todos la necesaria
atención sanitaria de base.
5. Un tercer aspecto en que
se ha de poner atención en los programas de
lucha contra la pobreza, y que muestra su
intrínseca dimensión moral, es la pobreza de
los niños. Cuando la pobreza afecta a una
familia, los niños son las víctimas más
vulnerables: casi la mitad de quienes viven en
la pobreza absoluta son niños. Considerar la
pobreza poniéndose de parte de los niños impulsa
a estimar como prioritarios los objetivos que
los conciernen más directamente como, por
ejemplo, el cuidado de las madres, la tarea
educativa, el acceso a las vacunas, a las curas
médicas y al agua potable, la salvaguardia del
medio ambiente y, sobre todo, el compromiso en
la defensa de la familia y de la estabilidad de
las relaciones en su interior. Cuando la familia
se debilita, los daños recaen inevitablemente
sobre los niños. Donde no se tutela la dignidad
de la mujer y de la madre, los más afectados son
principalmente los hijos.
6. Un cuarto aspecto que
merece particular atención desde el punto de
vista moral es la relación entre el desarme y
el desarrollo. Es preocupante la magnitud
global del gasto militar en la actualidad. Como
ya he tenido ocasión de subrayar, «los ingentes
recursos materiales y humanos empleados en
gastos militares y en armamentos se sustraen a
los proyectos de desarrollo de los pueblos,
especialmente de los más pobres y necesitados de
ayuda. Y esto va contra lo que afirma la misma
Carta de las Naciones Unidas, que
compromete a la comunidad internacional, y a los
Estados en particular, a “promover el
establecimiento y el mantenimiento de la paz y
de la seguridad internacional con el mínimo
dispendio de los recursos humanos y económicos
mundiales en armamentos” (art. 26)»[6].
Este estado de cosas, en vez
de facilitar, entorpece seriamente la
consecución de los grandes objetivos de
desarrollo de la comunidad internacional.
Además, un incremento excesivo del gasto militar
corre el riesgo de acelerar la carrera de
armamentos, que provoca bolsas de subdesarrollo
y de desesperación, transformándose así,
paradójicamente, en factor de inestabilidad,
tensión y conflictos. Como afirmó sabiamente mi
venerado Predecesor Pablo VI, «el desarrollo es
el nuevo nombre de la paz»[7].
Por tanto, los Estados están llamados a una
seria reflexión sobre los motivos más profundos
de los conflictos, a menudo avivados por la
injusticia, y a afrontarlos con una valiente
autocrítica. Si se alcanzara una mejora de las
relaciones, sería posible reducir los gastos en
armamentos. Los recursos ahorrados se podrían
destinar a proyectos de desarrollo de las
personas y de los pueblos más pobres y
necesitados: los esfuerzos prodigados en este
sentido son un compromiso por la paz dentro de
la familia humana.
7. Un quinto aspecto de la
lucha contra la pobreza material se refiere a la
actual crisis alimentaria, que pone en
peligro la satisfacción de las necesidades
básicas. Esta crisis se caracteriza no tanto por
la insuficiencia de alimentos, sino por las
dificultades para obtenerlos y por fenómenos
especulativos y, por tanto, por la falta de un
entramado de instituciones políticas y
económicas capaces de afrontar las necesidades y
emergencias. La malnutrición puede provocar
también graves daños psicofísicos a la
población, privando a las personas de la energía
necesaria para salir, sin una ayuda especial, de
su estado de pobreza. Esto contribuye a ampliar
la magnitud de las desigualdades, provocando
reacciones que pueden llegar a ser violentas.
Todos los datos sobre el crecimiento de la
pobreza relativa en los últimos decenios indican
un aumento de la diferencia entre ricos y
pobres. Sin duda, las causas principales de este
fenómeno son, por una parte, el cambio
tecnológico, cuyos beneficios se concentran en
el nivel más alto de la distribución de la renta
y, por otra, la evolución de los precios de los
productos industriales, que aumentan mucho más
rápidamente que los precios de los productos
agrícolas y de las materias primas que poseen
los países más pobres. Resulta así que la mayor
parte de la población de los países más pobres
sufre una doble marginación, beneficios más
bajos y precios más altos.
Lucha contra la pobreza
y solidaridad global
8. Una de las vías maestras
para construir la paz es una globalización que
tienda a los intereses de la gran familia humana[8].
Sin embargo, para guiar la globalización se
necesita una fuerte solidaridad global[9],
tanto entre países ricos y países pobres, como
dentro de cada país, aunque sea rico. Es preciso
un «código ético común»[10],
cuyas normas no sean sólo fruto de acuerdos,
sino que estén arraigadas en la ley natural
inscrita por el Creador en la conciencia de todo
ser humano (cf. Rm 2,14-15). Cada uno de
nosotros ¿no siente acaso en lo recóndito de su
conciencia la llamada a dar su propia
contribución al bien común y a la paz social? La
globalización abate ciertas barreras, pero esto
no significa que no se puedan construir otras
nuevas; acerca los pueblos, pero la proximidad
en el espacio y en el tiempo no crea de suyo las
condiciones para una comunión verdadera y una
auténtica paz. La marginación de los pobres del
planeta sólo puede encontrar instrumentos
válidos de emancipación en la globalización si
todo hombre se siente personalmente herido por
las injusticias que hay en el mundo y por las
violaciones de los derechos humanos vinculadas a
ellas. La Iglesia, que es «signo e instrumento
de la íntima unión con Dios y de la unidad de
todo el género humano»[11],
continuará ofreciendo su aportación para que se
superen las injusticias e incomprensiones, y se
llegue a construir un mundo más pacífico y
solidario.
9. En el campo del
comercio internacional y de las
transacciones financieras, se están
produciendo procesos que permiten integrar
positivamente las economías, contribuyendo a la
mejora de las condiciones generales; pero
existen también procesos en sentido opuesto, que
dividen y marginan a los pueblos, creando
peligrosas premisas para conflictos y guerras.
En los decenios sucesivos a la Segunda Guerra
Mundial, el comercio internacional de bienes y
servicios ha crecido con extraordinaria rapidez,
con un dinamismo sin precedentes en la historia.
Gran parte del comercio mundial se ha centrado
en los países de antigua industrialización, a
los que se han añadido de modo significativo
muchos países emergentes, que han adquirido una
cierta relevancia. Sin embargo, hay otros países
de renta baja que siguen estando gravemente
marginados respecto a los flujos comerciales. Su
crecimiento se ha resentido por la rápida
disminución de los precios de las materias
primas registrada en las últimas décadas, que
constituyen la casi totalidad de sus
exportaciones. En estos países, la mayoría
africanos, la dependencia de las exportaciones
de las materias primas sigue siendo un fuerte
factor de riesgo. Quisiera renovar un
llamamiento para que todos los países tengan las
mismas posibilidades de acceso al mercado
mundial, evitando exclusiones y marginaciones
10. Se puede hacer una
reflexión parecida sobre las finanzas, que atañe
a uno de los aspectos principales del fenómeno
de la globalización, gracias al desarrollo de la
electrónica y a las políticas de liberalización
de los flujos de dinero entre los diversos
países. La función objetivamente más importante
de las finanzas, el sostener a largo plazo la
posibilidad de inversiones y, por tanto, el
desarrollo, se manifiesta hoy muy frágil: se
resiente de los efectos negativos de un sistema
de intercambios financieros –en el plano
nacional y global– basado en una lógica a muy
corto plazo, que busca el incremento del valor
de las actividades financieras y se concentra en
la gestión técnica de las diversas formas de
riesgo. La reciente crisis demuestra también que
la actividad financiera está guiada a veces por
criterios meramente autorrefenciales, sin
consideración del bien común a largo plazo. La
reducción de los objetivos de los operadores
financieros globales a un brevísimo plazo de
tiempo reduce la capacidad de las finanzas para
desempeñar su función de puente entre el
presente y el futuro, con vistas a sostener la
creación de nuevas oportunidades de producción y
de trabajo a largo plazo. Una finanza
restringida al corto o cortísimo plazo llega a
ser peligrosa para todos, también para quien
logra beneficiarse de ella durante las fases de
euforia financiera[12].
11. De todo esto se desprende
que la lucha contra la pobreza requiere una
cooperación tanto en el plano económico como en
el jurídico que permita a la comunidad
internacional, y en particular a los países
pobres, descubrir y poner en práctica soluciones
coordinadas para afrontar dichos problemas,
estableciendo un marco jurídico eficaz para la
economía. Exige también incentivos para crear
instituciones eficientes y participativas, así
como ayudas para luchar contra la criminalidad y
promover una cultura de la legalidad. Por otro
lado, es innegable que las políticas
marcadamente asistencialistas están en el origen
de muchos fracasos en la ayuda a los países
pobres. Parece que, actualmente, el verdadero
proyecto a medio y largo plazo sea el invertir
en la formación de las personas y en desarrollar
de manera integrada una cultura de la
iniciativa. Si bien las actividades económicas
necesitan un contexto favorable para su
desarrollo, esto no significa que se deba
distraer la atención de los problemas del
beneficio. Aunque se haya subrayado
oportunamente que el aumento de la renta per
capita no puede ser el fin absoluto de la
acción político-económica, no se ha de olvidar,
sin embargo, que ésta representa un instrumento
importante para alcanzar el objetivo de la lucha
contra el hambre y la pobreza absoluta. Desde
este punto de vista, no hay que hacerse
ilusiones pensando que una política de pura
redistribución de la riqueza existente resuelva
el problema de manera definitiva. En efecto, el
valor de la riqueza en una economía moderna
depende de manera determinante de la capacidad
de crear rédito presente y futuro. Por eso, la
creación de valor resulta un vínculo ineludible,
que se debe tener en cuenta si se quiere luchar
de modo eficaz y duradero contra la pobreza
material.
12. Finalmente, situar a los
pobres en el primer puesto comporta que se les
dé un espacio adecuado para una correcta
lógica económica por parte de los agentes
del mercado internacional, una correcta
lógica política por parte de los
responsables institucionales y una correcta
lógica participativa capaz de valorizar la
sociedad civil local e internacional. Los
organismos internacionales mismos reconocen hoy
la valía y la ventaja de las iniciativas
económicas de la sociedad civil o de las
administraciones locales para promover la
emancipación y la inclusión en la sociedad de
las capas de población que a menudo se
encuentran por debajo del umbral de la pobreza
extrema y a las que, al mismo tiempo,
difícilmente pueden llegar las ayudas oficiales.
La historia del desarrollo económico del siglo
XX enseña cómo buenas políticas de desarrollo se
han confiado a la responsabilidad de los hombres
y a la creación de sinergias positivas entre
mercados, sociedad civil y Estados. En
particular, la sociedad civil asume un papel
crucial en el proceso de desarrollo, ya que el
desarrollo es esencialmente un fenómeno cultural
y la cultura nace y se desarrolla en el ámbito
de la sociedad civil[13].
13. Como ya afirmó mi
venerado Predecesor Juan Pablo II, la
globalización «se presenta con una marcada nota
de ambivalencia»[14]
y, por tanto, ha de ser regida con prudente
sabiduría. De esta sabiduría, forma parte el
tener en cuenta en primer lugar las exigencias
de los pobres de la tierra, superando el
escándalo de la desproporción existente entre
los problemas de la pobreza y las medidas que
los hombres adoptan para afrontarlos. La
desproporción es de orden cultural y político,
así como espiritual y moral. En efecto, se
limita a menudo a las causas superficiales e
instrumentales de la pobreza, sin referirse a
las que están en el corazón humano, como la
avidez y la estrechez de miras. Los problemas
del desarrollo, de las ayudas y de la
cooperación internacional se afrontan a veces
como meras cuestiones técnicas, que se agotan en
establecer estructuras, poner a punto acuerdos
sobre precios y cuotas, en asignar subvenciones
anónimas, sin que las personas se involucren
verdaderamente. En cambio, la lucha contra la
pobreza necesita hombres y mujeres que vivan en
profundidad la fraternidad y sean capaces de
acompañar a las personas, familias y comunidades
en el camino de un auténtico desarrollo humano.
Conclusión
14. En la Encíclica
Centesimus annus, Juan Pablo II advirtió
sobre la necesidad de «abandonar una mentalidad
que considera a los pobres –personas y pueblos–
como un fardo o como molestos e importunos,
ávidos de consumir lo que los otros han
producido». «Los pobres –escribe– exigen el
derecho de participar y gozar de los bienes
materiales y de hacer fructificar su capacidad
de trabajo, creando así un mundo más justo y más
próspero para todos»[15].
En el mundo global actual, aparece con mayor
claridad que solamente se construye la paz si se
asegura la posibilidad de un crecimiento
razonable. En efecto, las tergiversaciones de
los sistemas injustos antes o después pasan
factura a todos. Por tanto, únicamente la
necedad puede inducir a construir una casa
dorada, pero rodeada del desierto o la
degradación. Por sí sola, la globalización es
incapaz de construir la paz, más aún, genera en
muchos casos divisiones y conflictos. La
globalización pone de manifiesto más bien una
necesidad: la de estar orientada hacia un
objetivo de profunda solidaridad, que tienda al
bien de todos y cada uno. En este sentido, hay
que verla como una ocasión propicia para
realizar algo importante en la lucha contra la
pobreza y para poner a disposición de la
justicia y la paz recursos hasta ahora
impensables.
15. La Doctrina Social de la
Iglesia se ha interesado siempre por los pobres.
En tiempos de la Encíclica
Rerum novarum, éstos eran sobre todo los
obreros de la nueva sociedad industrial; en el
magisterio social de Pío XI, Pío XII, Juan
XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II se han detectado
nuevas pobrezas a medida que el horizonte de la
cuestión social se ampliaba, hasta adquirir
dimensiones mundiales[16].
Esta ampliación de la cuestión social hacia la
globalidad hay que considerarla no sólo en el
sentido de una extensión cuantitativa, sino
también como una profundización cualitativa en
el hombre y en las necesidades de la familia
humana. Por eso la Iglesia, a la vez que sigue
con atención los actuales fenómenos de la
globalización y su incidencia en las pobrezas
humanas, señala nuevos aspectos de la cuestión
social, no sólo en extensión, sino también en
profundidad, en cuanto conciernen a la identidad
del hombre y su relación con Dios. Son
principios de la doctrina social que tienden a
clarificar las relaciones entre pobreza y
globalización, y a orientar la acción hacia la
construcción de la paz. Entre estos principios
conviene recordar aquí, de modo particular, el
«amor preferencial por los pobres»[17],
a la luz del primado de la caridad, atestiguado
por toda la tradición cristiana, comenzando por
la de la Iglesia primitiva (cf. Hch
4,32-36; 1 Co 16,1; 2 Co 8-9;
Ga 2,10).
«Que se ciña cada cual a la
parte que le corresponde», escribía León XIII en
1891, añadiendo: «Por lo que respecta a la
Iglesia, nunca ni bajo ningún aspecto regateará
su esfuerzo»[18].
Esta convicción acompaña también hoy el quehacer
de la Iglesia para con los pobres, en los cuales
contempla a Cristo[19],
sintiendo cómo resuena en su corazón el mandato
del Príncipe de la paz a los Apóstoles: «Vos
date illis manducare – dadles vosotros de
comer» (Lc 9,13). Así pues, fiel a esta
exhortación de su Señor, la comunidad cristiana
no dejará de asegurar a toda la familia humana
su apoyo a las iniciativas de una solidaridad
creativa, no sólo para distribuir lo superfluo,
sino cambiando «sobre todo los estilos de vida,
los modelos de producción y de consumo, las
estructuras consolidadas de poder que rigen hoy
la sociedad»[20].
Por consiguiente, dirijo al comienzo de un año
nuevo una calurosa invitación a cada discípulo
de Cristo, así como a toda persona de buena
voluntad, para que ensanche su corazón hacia las
necesidades de los pobres, haciendo cuanto le
sea concretamente posible para salir a su
encuentro. En efecto, sigue siendo
incontestablemente verdadero el axioma según el
cual «combatir la pobreza es construir la paz».
Vaticano, 8 de diciembre de 2008
BENEDICTUS PP. XVI
[1]
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de
1993, 1.
[2]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 19.
[3]
Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 28.
[4]
Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 38.
[5]
Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 37; Juan Pablo II,
Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 25.
[6]
Carta al Cardenal Renato Rafael Martino con
ocasión del Seminario Internacional organizado
por el Consejo Pontificio para la Justicia y la
Paz sobre el tema ‘‘Desarme, desarrollo y paz.
Perspectivas para un desarme integral''(10
abril 2008): L'Osservatore Romano, ed. en
lengua española (18 abril 2008), p. 3.
[7]
Carta enc.
Populorum progressio, 87.
[8]
Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 58.
[9]
Juan Pablo II,
Discurso a las asociaciones cristianas de
trabajadores italianos (27 abril 2002),
n. 4: L'Osservatore Romano, ed. en lengua
española (10 mayo 2002), p. 10.
[10]
Juan Pablo II,
Discurso a la Asamblea plenaria de la Academia
Pontificia de Ciencias sociales (27
abril 2001), n. 4: L'Osservatore Romano, ed.
en lengua española (11 mayo 2001), p. 4.
[11]
Concilio Vaticano II, Const. dogm.
Lumen gentium, 1.
[12]
Cf. Consejo Pontificio para la Justicia y la
Paz,
Compendio de la Doctrina social de la Iglesia,
368.
[13]
Cf.
ibíd., 356.
[14]
Discurso a empresarios y sindicatos de
trabajadores (2 mayo 2000), n. 3:
L'Osservatore Romano, ed. en lengua española
(5 mayo 2000), p. 7.
[15]
Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 28.
[16]
Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 3.
[17]
Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 42; Cf. Id.
Carta enc.
Centesimus annus, 57.
[18]
León XIII, Carta enc.
Rerum novarum, 41.
[19]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 58.
[20]
Ibíd. |